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Dos horas y poco

Cuando me fui de Madrid, solía decir a todos aquellos que me importaban: No es mucho, estamos sólo a dos horas y poco de distancia.

En realidad no es mucho tiempo pero si el suficiente para no poder llegar a una boda, o para abrazarla cuando se enteró que todo cambiaría, o para esa tarde de domingo en el Paseo San Juán, sentado en un banco queriendo desaparecer y esperando un abrazo.

Dos horas y poco no son mucho, pero cada vez se hacen más largas.

Dos horas y poco era lo que tardamos en ir al Pantano San Juán, era cantar, reír, contarnos nuestras historias, estar juntos… Ahora dos horas es un asiento en un tren que me lleva a un tiempo entre pasado y presente y a un condicional escrito con una tristeza que se pregunta: y si no me hubiese ido dos horas y media lejos……

Dos horas y poco en ese tren, escuchando “Lucia di Lammermoor” y buscando desesperadamente mi Mac para escribir esto. Ahora es a él (al Mac) a quien le cuento sobre Ellos, le confieso mis miedos, y le entrego mis sueños. Él me escucha y memoriza todo lo que le escribo, en un silencio altamente apaciguador, lejos de las risas y de los gritos de aquellas dos chicas que ahora mismo están a menos de dos horas y poco.

Dos horas y poco, preguntándome que me encontraré. Si serán las mismas, si Madrid será igual. Si esta vez comeré aquel bocata de Calamar en la plaza mayor, o si Ella me llevará a ver la bella durmiente, o si existe la posibilidad de que Él que tan pocas veces me ha visto me recuerde, me encantaría. al final es parte de ella.

Dos horas y poco puede ser tanto que al final sólo te lleguen los detalles principales de sus vidas, la entradilla ya que no hay tiempo para más. De un lado al otro no llegan todas las historias y palabras que deberían llegar, a pesar de las tarifas planas, del whatsapp y del email.  Llegan  sólo las palabras suficientes. Las que marcamos para no perdernos, las que contamos empujados por las nostalgia de aquellos momentos en la Dehesa, esos domingos en El Rastro,  esas tardes en la casa en Calle castilla.  Aquella casa, que ya no es nuestra, allí donde bailamos, lloramos, comimos, dormimos, algunos amamos, yo amé.

Dos horas y poco en las que crece el miedo y la ansiedad por saber, si al estar juntos de nuevo todo será como antes, más patéticos, menos sofisticados (si es que lo somos en algún modo), felices, nosotros mismos 2 años atrás, uno solo.

Dos horas y poco no eran nada cuando me fui y ahora casi se podría decir que es la diferencia entre un país y otro. La diferencia entre sus mundos y él mío.

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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