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Armario

Era un simple juego. Sólo tenía que encontrar un escondite. Se suponía que eso era lo divertido. Pero yo le seguí a él. Quise disimular, le dí algo de distancia. Entré a la habitación y no sabía donde estaría. Derepente escuché un ruido y entré corriendo en el armario. Ahí estaba él.

El me preguntó: ¿que haces? No supe que responder. No pensaba mucho, sólo me dejaba llevar. Quería tocarle la mano, darle un beso y confirmar si era tan diferente como yo. Debía dar un paso, hacer algo, el armario me daba fuerza y su cara que apenas veía me decía a donde ir.

Pronto nos encontrarían, debía aprovechar mi momento. Así que, le tomé la mano. Fueron pocos segundos hasta que él respondió, era consiente que me había expuesto demasiado. Sabía que estaba apostando mucho. No imaginaba como ese momento iba a cambiar mi vida. Pero sabía que lo haría, para bien o para mal. Y todo dependía de él. Ya nada quedaba en mis manos, salvo la suya. Derepente el apretó fuerte, acarició mi mejilla y susurró: tenemos que salir de este armario, si nos encuentran aquí estamos perdidos.

Salimos del armario y sólo recuerdo correr junto a su mano. Esquivar, muebles, lamparas, mesas, abrir la puerta e ir hacia el bosque. No soltó mi mano nunca. Descansamos un poco y me beso en lo labios. Me dijo: ¿y ahora  que?

No sabía que responder, poco me importaba. Sólo quería estar cogido a su mano. El decía: tenemos que hacer algo aunque en todo caso, ahora o más tarde,  nos destruirán. Yo sabía que él tenía razón. Era tal vez la desición más importante de nuestra vida. Pero en ese momento, yo creía que cogido a su mano podríamos crear nuestro propio mundo, nuestra reglas y definirnos lejos de aquellos que nos repudiaban por ser diferentes.

Salimos. No paso nada. Nada que no hubiésemos dicho. Con el tiempo nos destruyeron. Nos castigaron. Nos volvieron uno más, dejamos de ser diferentes, fuimos como ellos. Nos alejaron de nuestro amor, de nosotros mismos, nos alienaron, trabajamos de sol a sol, compramos una casa, adoptamos dos niños y acogimos un perro.  Ambos llorábamos por dentro y sonreíamos como ellos jugando los papeles determinados.

No nos aceptaron diferentes, nos amoldaron a ellos y nos metieron en su armario.

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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