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La Casa Siempre Gana

Se sentó en aquella mesa y no tardó en reconocer aquel olor. Había que perder el alma una vez para saber que él no huele azufre. Él huele a aquellas pasiones sublimes por lo cuáles apostamos el alma.

El enano entró desapercibido en aquel casino. buscaba a aquél croupier que años atrás le entregó dinero a cambio de su pequeña alma. De nuevo quería dinero y una vez más como medio, pero esta vez tenía un objetivo claro: salvar la vida de ella.

La única mujer que lo había amado siendo enano, pobre y porque no decirlo imbécil. Aquella mujer que le enseñó a apreciar la belleza que nadie jamás vio en él.  Mujer a la que se le apagaban los ojos y junto con ellos la vida.

El enano, estaba convencido que debía jugarse sus cartas. Su última carta. Ya había jugado antes con él y lo conocía.

No tenía tanto miedo como la primera vez cuando el olor a nada lo atrajo hacia él. La pobreza siempre huele a algo, la riqueza al menos no huele a nada desagradable, pensaba el enano para aquel entonces.

Ahora era distinto, él olía a ella. Un olor mucho más irresistible que la nada.

Croupier: Cuanto tiempo, y sigues oliendo igual que la primera vez que viniste. Lo perdiste todo enano, imagino que necesitas dinero de nuevo. Las cirugías son muy costosas casi tanto como la vida que gastaste en los últimos años. En todo caso no tienes nada para apostar.

Enano: Te equivocas, tengo algo que ofrecerte. Pero esta vez quiero más. Mi alma era un alma perdida, era cuestión de tiempo para que fuera tuya. Ahora te ofrezco algo que vale más.

¿Qué? preguntó el Croupier

Enano:  Te ofrezco el alma del primer hijo que tenga con ella. Será toda tuya.

Croupier: Sabes que no puedo tomar el alma de alguien sin su consentimiento.

Enano: Le criaras y le instruirás. Ella sin duda encontrará en ti belleza. Y juntos le llevaremos a que decida darte el alma.  Tómalo como un experimento, yo te ayudaré. Él sabrá que el dinero y su mundo vienen de ti, y ya sabes que no hay mejor motivación para perder el alma que el dinero. ¿Qué dices?

¿Está ella embarazada? Preguntó el Croupier.

Enano: No lo está pero me encargaré de ello tan pronto  me des el dinero.

Hubo una pausa, y el croupier sonrío. La ruleta giró.

Al día siguiente el enano se suicidó oliendo a nada y dejándole todo a ella. Creía que había ganado la partida, que había engañado al diablo.

Dos meses después, recibiendo los resultados para los exámenes de la cirugía, el doctor le dijo que todo estaba bien con la cirugía pero que le preocupaba mucho más el estado del niño que venía en camino. Ella se asustó y llevó las manos al vientre y se percató de que ese doctor olía como su enano.

Andrey Montero – La casa siempre gana.

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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