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Aquel beso en La Plaza de La Cebada

“Vente a Madrid este finde semana. Quiero tomarte unas fotos en la plaza de la Cebada, antes de que la cierren. Tengo algo en mente bastante chulo. De paso aprovechas y conoces a Ana. Llevo dos años con ella y no lo has visto. Era tu plaza favorita ¿No?”  Dijo Santiago.

Aquella plaza le traía muchos recuerdos a Manoel: los veranos viendo obras teatro, el punto  de encuentro para salir los domingos por la Latina, los conciertos de Salsa y Swing, el vermut y lo más importante aquel beso con el chico de los ojos verdes: Alex.

Hace exactamente 5 años, Alex y Manoel se besaban en aquella plaza.  Cortaos que hay niños presentes! Gritó un hombre que les Interrumpió. 

Manoel sabía que hacer. Lo había planeado muchas veces. Sabía que respondería con otro beso más apasionado. Y sabía que eso definía en gran parte el tipo de chico que  a él le gustaba. Aún estaba “conociendo” a Alex y tenía dudas. Así que decidió esperar por su reacción. Esa sería su señal.

Alex miró al hombre con su hijo, y le confirmó que había entendido lo que dijo. Miro a Manoel, tomo su cara, se acercó despacio pero con una fluidez que diluyó el entorno. Sin  consultarle nada besó a Manoel. El beso duró poco tiempo, el suficiente para que aquel hombre desapareciera junto con las dudas de Manoel. 

Durante el beso, Manoel abrazaba a Alex con mucha fuerza deseando que ese momento no se fuera. Era el momento en que sus señales le decían que aquel chico era el indicado.  

Manoel nunca había abrazado a alguien con tanta fuerza, tal vez en el fondo sabía que se pasaría tres años intentando revivir en vano el único momento heroico y reivindicativo de Alex.  Ese recuerdo era su única motivación para luchar una y otra vez por aquella relación. Con el tiempo fue perdiendo fuerza. Lejos de Madrid y de su Plaza, se diluía lentamente hasta que un día no fue suficiente. 

Cinco años más tarde, mientras esperaba a Santiago, y se despedía de su plaza. Se apoyó sobre lo baranda en la boca del metro y encendió su cigarrillo, de alguna forma deseo que Alex apareciera. Hacia ya tiempo que había dejado de creer en las señales pero que hoy estuviese en ese mismo lugar le decía algo. Alex aún estaba en Madrid y vivía cerca, era posible. 

No había terminado de apartar el mechero después de encender el cigarrillo cuando se dio cuenta que ese hombre con el niño ya no estaba, ni el aquel chico con el que compartió tres años de su vida ni mucho menos aquel Manoel que creía en las señales. Con cada calada era más claro todo lo que había cambiado: los grafitis, el sonido, la plaza, menos basura, no había caras conocidas, hasta la ropa tendida que solía ocupar los balcones se eclipsaba por las banderas que ahora aparecían.

Apago su cigarrillo y pensó que no sólo esa plaza dejaría de ser su plaza del verano, Madrid ya no era su ciudad, ni siquiera conocía a la novia de su mejor amigo. Sentía que todo: Alex, la plaza y su vida en Madrid habían durando sólo un instante.

Cuando llegó Santiago, le pregunto:: -¿Porque cierran la plaza? 

  • Van a construir un polideportivo, bueno el que ya estaba aquí antes. Digamos que la plaza fue algo temporal.

Manoel sonrío.

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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