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De la Cuesta de Moyano a la Filmoteca

Se muy poco sobre la depresión, pero sin duda ha cambiado mi vida. Logré entenderla como concepto en 2011 cuando fui al cine con mi amigo Juan a ver Melancolía de Lars Von Trier. Saliendo del cine detuvo mi crítica cinematográfica diciendo: Entiendo al personaje, está sumido en una depresión, como yo. Una tristeza constante.

Aquella frase en su contexto, la mirada, el tono de la voz, la forma en que abrió los labios y ese punto final que marcó con aquella exhalación agónica, hicieron visible y tangible, para mí, la profundidad de esa tristeza. 

Aquella frase no fue más que un grito de auxilio. 

A partir de ese momento entendí su dependencia del alcohol, el uso de drogas, sus ausencias, su pesadez y su dejadez. Entendí sus 10 kilos de más en seis meses. Su ausencia en el equipo de vóley y su nuevo estilo de vestir. Nada le importaba. Le propuse quedar con nuestro grupo de amigos, escribirle una historia para uno de sus cortos, ir a correr a El Retiro, hacer un viaje juntos, eso y muchas cosas más. No me daba cuenta de que nada le motivaba. Tal y como le pasaba a Justine en la película.

Me agoté. No encontré nada útil que pudiera hacer por él. Le regalé un libro: El hombre en busca del sentido. Me dijo que lo leería si yo dejaba mi falso positivismo ante la vida y volvía a ser yo, en sus palabras: honesto rozando la crueldad. Hicimos aquel trato. No se si fuer por el libro, pero al final decidió buscar ayuda profesional.

A Juán le diagnosticaron Depresión leve,  empezó terapia y yo fui parte de su círculo de apoyo. No entendía como me había escogido a mí. Cada vez que le veía tenía miedo de decir alguna cosa que le fuera a hacer daño. No quería cargar con un suicidio en mi conciencia.

Empezamos a vernos una vez por semana. Íbamos a El Retiro, cerca del Ángel Caído, por la zona de fitness. Nos sentábamos allí con gominolas a ver a los chicos hacer deporte. Diga lo que diga, estoy seguro de que eso le motivaba. Luego bajábamos caminando por la cuesta de Moyano, ojeábamos algún libro, y nos íbamos a la filmoteca. Aprendí mucho de cine y de literatura con él. Su depresión le llevaba a hacer reflexiones muy profundas sobre temas simples. Son ellas las bases de algunos de mis relatos. Sin saberlo, me conquisto.

Antes que perdiera toda la grasa abdominal ya me había enamorado de él. Me enamoré cuando vimos Luces de la Ciudad con el pianista tocando en vivo. Él cree que yo era Chaplin, pero no, yo era ella: Virginia Cherrill. Él pagó con su depresión el precio de mi felicidad: conocerle, ser mi inspiración y encontrarme a mí mismo como escritor.

Andrey Montero

 

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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