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Verano

– Arnau, el verano ya llegará a Barcelona. No puede desaparecer así no más.
– Hago la mitad de tours. Y me canso de evitar que los turistas tomen fotos con ese cielo gris de fondo. El gobierno nos pide mucho. No podemos ocultar que el verano se ha ido.
– No se ha ido, simplemente no sabemos qué pasa. Tal vez necesitamos esperar. Vamos a desearlo en la noche de San Juan. Es nuestra noche favorita, ¿lo recuerdas?
– Un poco. Ya sabes que es cada vez más difícil recordar.

Pablo se quedó en casa contemplando el huerto que junto con Arnau instalaron en su terraza, dos años atrás, cuando empezaron a vivir juntos. Deseaba con ansia que empezará el verano e irse de viaje con Pablo. Las cosas se estaban enfriando. El sexo era cada vez más escaso y la vida entre ellos más monótona. Aparte del huerto y el excel con los gastos compartidos, no parecían tener ningún otro proyecto en común.

La calefacción central de su edificio estaba rota, y en las noches, desde el principio de aquella primavera invernal, el aire salía frío. Dormían abrazados para darse calor. Pablo agradecía aquello. Él conocía esa sensación: la muerte del enamoramiento. Ya lo había vivido. Y aquellas noches aferrado a Arnau le daban algo de esperanza. A veces lograba animarlo, pero cada vez le costaba más.

Pablo se vistió y salió a la calle. Debía ir a trabajar. Mucho viento. Tempestades intermitentes y frecuentes. Un sol tímido. Ese era el clima. Pablo caminaba con desconcierto hacía su trabajo. ¿Qué pasará con el verano?, se preguntaba a sí mismo.

Cada vez más su consultorio se llenaba de pacientes que, confusos y ansiosos por el verano, se vestían con menos ropa y se resfriaban.

Para el 15 de junio el calor no llegaba. Sus fotos, con los recuerdos de estos dos años, enmarcadas y colgadas en la pared del salón,  empezaban a estar más opacas. Parecía que la luz que emigraba de Barcelona durante esos días también huía de su pasado.

Con las fotos virtuales no pasaba lo mismo, lo cual llevaba a la gente pasar más y más tiempo navegando entre las sonrisas “flash” de sus cientos de “amigos”.

Se les ordenó a los habitantes de Barcelona publicar en Facebook e Instagram fotos de veranos anteriores. No se quería alarmar a los turistas que cada vez se iban de la ciudad más decepcionados por el clima.

El sector turístico no sabía qué hacer. Algunos se adaptaron rápido. Los paquis de la Barceloneta ofrecían vino caliente y vendían un nuevo kit de playa: los pareos tradicionales del verano y una mantas gruesas para contemplar el mar sin pasar frío. El consumo en las terrazas de los bares era un euro más barato que si te sentabas dentro. Los bares se planteaba suspender el contrato de terrazas.

Arnau estaba muy preocupado por su trabajo, cada vez había menos turistas. Menos ingresos. Estaba contemplando irse fuera. Pablo, por su lado, seguía recibiendo más y más pacientes en su consultorio.

Aunque en las noches se acercaban para darse calor. La pasión no remontaba. Pensar en desnudarse causaba una molestia superior al bienestar de follar.

Durante todo el año solían ir a nadar a la playa, incluso durante el invierno. Lo único que necesitaban eran sus neoprenos para pasarlo bien. Se retaban el uno al otro. Quien se la comería a quien dependería de quien llegara primero a la boya. Quien haría la comida dependería de quien aguantaba más haciendo el pino. Se leían poemas: Cavafis, Anne Sexton y Benedetti fueron sus invitados en su lugar feliz. Pero la expectativa de un verano que no llegaba les frustró y los llevó a dejar de ir. En las últimas semanas pocas cosas hacían para estar felices.

La normativa del gobierno (local y nacional) era clara: debéis ser felices y mostrarlo. Barcelona es una ciudad donde todo mundo está feliz, no hay espacio para la tristeza. Eso esperan de nosotros y eso haremos. Ni aun cerrando las puertas de casa, Arnau y Pablo hablaban con facilidad de lo que estaba pasando.

Las fotos que en las redes mostraban aquella felicidad hegemónica y continua en todos sus contactos les hacía pensar que eran los únicos en conflicto y que el problema estaba en ellos.

Para la noche de San Juan, Barcelona seguía fría. Los paraguas con motivos florarles estaban al alza y la ropa de verano a la baja. El contexto político era insólito. Los Barceloneses en general pedían que el verano volviera. Los políticos, solo hacían promesas vacías y se acusaban unos a otros por la ausencia del verano, llevando a los ciudadanos a elegir un bando. Al final ambos bandos se fortalecían, pero el verano no volvía.

– Arnau, ¿ponemos una pizza para cenar?
– Ha desaparecido el cable del horno. Tenemos la versión de salmorejo de invierno que ha sacado el Mercadona. Es solo calentarlo en el microondas y ya está.
– ¡Salmorejo caliente! ¿Qué más van a inventar? Queremos el verano, no fakes.
– A veces es cuestión de adaptarse, ¿no crees?
– ¿Pero cómo nos adaptamos a esto? Es decir, hoy es la noche de San Juan y en lugar de saltar hogueras estamos cenando salmorejo de invierno. ¿Te acuerdas todo lo que hicimos el año pasado?
– Si me acuerdo, me cuesta definir algunas imágenes, pero sí que me acuerdo.
– Lo pasamos en Cabo de Gata. Llegamos muy tarde a Almería. Casi no conseguimos coche y al final nos dejaron las llaves del piso debajo del felpudo para que no nos quedáramos en la calle.
– No recuerdo muy bien el piso, pero sí que llegamos muy cansados y pensamos en no salir.
– Sí, pero tu insististe en dar un paseo. Salimos a la playa. Nos dimos un baño en el mar y nos calentamos al lado de una hoguera. Vi las gotas caer sobre tu espalda y pensé en lo hermosa que era tu espalda. Supe una vez más que estaba enamorado de ti. ¿Sabes? Podría perder el recuerdo de tu cara, pero creo que nunca el de tu espalda.
– Me cuesta recordar la imagen, pero el sentimiento no. Fue muy especial.
– Hoy la agencia de Salud pública nos envió un comunicado. Parece que la ausencia del verano afecta a los recuerdos. Muchas personas en Barcelona están “olvidando” cosas sobre ellas mismas. El gobierno recomienda lo mismo de siempre: sonreír y sonreír e ignorar que no hay verano. Yo creo que la evasión de lo obvio, conlleva que los recuerdos relacionados con el hecho evadido también se pierdan. ¡La gente está olvidando sus veranos, Arnau!

Arnau se levantó de la cama con una expresión de miedo y angustia en su cara. Se dirigió hacia la ventana y la cerró.

– Pablo, debes tener cuidado. No llores si la ventana está abierta.
– Me preocupa todo lo que está pasando. El gobierno se plantea poner a Barcelona en cuarentena. Yo no quiero olvidar nuestros veranos.
– Llora.
Arnau abrazó a Pablo. No quería que él llorará, tenía miedo a ser descubiertos, pero sabía que Pablo lloraría tarde o temprano y era mejor que se desahogara en ese momento y no después.

Ese día durmieron abrazados y cubiertos por la manta, pero desnudos. Hacía un poco de calor.

Para julio Barcelona ya estaba en cuarentena. Los eventos del verano se habían cancelado. Ya no había turistas. Barcelona parecía una ciudad fantasma. Arnau no tenía trabajo. Pablo, trabajaba de más. Muchos pacientes desorientados, tristes y deprimidos. ¡Recetad medicamentos para que la gente este feliz! dijo el gobierno. Se legalizaron ciertas drogas, se subvencionó el alcohol y algunos antidepresivos se podían comprar sin receta médica.

Pablo se negaba a medicar a Arnau. Arnau estaba de acuerdo, pero la sonrisa se le hacía cada vez más difícil. No envidiaban la felicidad química de los otros ciudadanos, pero sabían que era más fácil así. Pablo intentaba medicar a sus pacientes lo menos posible, pero era muy difícil. El gobierno lo exigía y los pacientes lo pedían.

Una enfermera descubrió a Pablo cuando aconsejaba a un paciente no medicarse. Fue reportado a sus superiores y le dieron una advertencia. Llegó a casa agotado. Arnau estaba de los nervios, la búsqueda de empleo le agotaba, además, la casa era más fría cuando estaba solo. Pablo abrazó a Arnau y le dijo: Creo que estamos perdidos. No nos quedará más que la felicidad química. Arnau por un momento salió de su propia tristeza y dejó de pensar en el verano. Pensó en Pablo. Le abrazó y le dijo: Encontraremos la forma.

El cable del horno apareció y esa noche cocinaron. Mientras Pablo abría la nevera, reparó en aquella foto de ambos en la playa. En San Pedro. Recordó que felices fueron y sonrió. Una nostalgia agradable le invadió.

Para agosto ya se sabía que los efectos de la ausencia del verano solo afectaban a los barceloneses. La cuarentena se había levantado. Algunos ciudadanos podían salir de Barcelona con un permiso especial. Los médicos debían permanecer allí.

Pablo había sido destituido del centro médico. Ambos vivían del paro. Se dedicaban a cuidar el huerto y a buscar trabajo.

Estar en el paro estaba mal visto. Y que ambos lo estuviesen era terrible. Toda esta presión les llevaba a estar más tensos. Ya ni el verano ni su felicidad eran importantes. Lo importante ahora era conseguir empleo. Su casa ahora era un poco más caliente, los vecinos del edificio de enfrente los veían andar sin camiseta y a veces solo en gayumbos. No lo entendían, pero tampoco les importaba, estaban drogados.

Arnau contemplaba la posibilidad de irse fuera. Pediría un visado. Tenían algunos meses antes de que se acabara el paro. Arnau sabía que Pablo conseguiría empleo pero que su sueldo no sería suficiente para mantener su estilo de vida.

– Necesito sentirme útil. ¿No lo entiendes?
– Eres útil. Mira el huerto qué bonito está. Estas escribiendo un montón, ¿por qué no intentas publicar algo?
– No vamos a vivir del huerto y mis escritos nadie los lee.
– No quiero que te vayas.
– Ni yo, pero es una oportunidad. Toda la experiencia en el sector turístico de Barcelona se está exportando. No me negaran el visado. Te enviaré el dinero para pagar el piso. Y podré venir a visitarte una vez al mes.
– ¿Por qué no nos planteamos una vida más sencilla? No tenemos hijos. Podemos recortar gastos.
– ¿Sabes lo que dirían nuestras familias? Y lo de no tener hijos. Deberíamos tener ya hijos. Todos nuestros amigos tienen, incluso los gays. Será temporal no te preocupes.
– ¿Sabes el frío que hace en este piso cuando no estás? Podríamos estar en uno más pequeño, juntos y calientes.
– Pablo, haré la solicitud y cuando respondan lo miraremos. ¿De acuerdo?

Esa noche el frío fue más intenso que nunca. La foto de la nevera se oscureció por completo.

En septiembre, por insistencia de Pablo, fueron a la playa. Pablo quería que se despidieran en la playa. Pasar un día allí. Como lo solían hacer antes de que el verano no llegara. Llevó neoprenos y con las fresas del huerto hizo un postre.

Al acercarse a la playa iban recordando porque les gustaba Barcelona. No había nadie. La Marbella estaba allí para ellos dos. La alegría de ver el mar contrastaba con la tristeza que ambos llevaban por dentro. Aquella sensación no era más que la lucha entre el querer hacer y el tener que hacer.

Se pusieron los neoprenos. Y decidieron nadar hasta la boya. El primero en llegar se gana un masaje. Nadaron. Pablo llegó primero pero no tocó la boya. Espero a Arnau. Arnau, sorprendido, preguntó:

– ¿Qué pasa?
– Quiero darte el masaje. Me da igual ganar o perder.
– Ya he ganado hoy, viniendo contigo aquí. Estoy muy feliz.

Arnau, entre ola y ola intentaba mantener la mirada en los ojos de Pablo, pero estuvo callado por un rato. Hasta que preguntó:

– ¿Sabes que yo te he dejado llegar primero?
– Tanto como que me hayas dejado llegar de primero no, pero me has dado ventaja.
– Quería darte el masaje yo a ti y una mamada, como plus.

Ambos se miraban, entre olas y olas. Flotaban para verse, las palabras se ahogaban y los recuerdos empezaban a emerger. Eran ellos dos, el mar y la boya. Pablo preguntó:

– ¿Sabes que es lo que más me gusta de venir a nadar contigo en invierno?
– No lo sé.
– Cuando te quitas el neopreno y veo tu espalda. Aunque se fuese la luz del recuerdo, podría dibujar tu espalda con mi tacto. Mis labios y mi piel la recordarían. Y mis manos la podrían sentir en cualquier momento. No necesito luz para recordarla, no necesito un verano para sentirte y amarte.
– ¿Cavafis?
– Un poco sí.
– No necesitamos un verano para ser felices. Mira, el verano se fue, pero la playa sigue aquí.
– Sí, lo está y aún nos podemos bañar con los neoprenos.
– Pablo tocó la boya y dijo: me debes una mamada y un masaje, de al menos una hora cada uno.

Rieron y nadaron hacia la orilla. Se sentaron y sacaron el postre con las fresas del huerto.

– ¿Por qué dejamos de venir?
– Porque era verano y no había ni sol ni calor. Y nos frustramos porque no llegó.
– ¿Todo este tiempo has querido venir a la playa?
– Sí. Y tú: ¿quieres irte fuera?
– No.

Pablo retiró una fresa de la tarta y le preguntó a Arnau: ¿quieres? Arnau mordió la fresa. Y en ese momento empezó el otoño más cálido hasta ese entonces en la historia de Barcelona.

Categorías:Relatos

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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