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Mentir

Quedamos para hablar en el café de aquel hotel. Él sabía perfectamente que yo odiaba ese sitio. Pero me importaba muy poco. Yo necesitaba saber qué pasó con Camilo. Estaba claro que no había muerto de un ataque al corazón. 

– Hola Santiago. ¿Cómo estás? Pregunté. No paraba de mirarme el tatuaje del hombro. 

– Yo escojo un sitio para incomodarte y tú te vistes para incomodarme. ¡Qué listo eres!

Apago su cigarrillo, casi exhalo el humo en mi cara y me dijo: pasé cuatro años de mi vida viendo ese tatuaje cada mañana. Al principio me molestaba porque sólo era un tatuaje, pero dos años después cuando tu llegaste a Madrid, lo odié porque supe qué significaba. 

– Santiago, dime que ha pasado. 

– A Camilo le quedaba mejor. ¿Qué quieres saber?

Yo me apropié del derecho perdido tiempo atrás, cuando me alejé de Camilo, y con voz  exigente le dije: 

– Todo. Necesito entender que pasó. No me creo lo del ataque al corazón. ¡Tiene 30 años!

– Hay muchas cosas de Camilo que tú no sabes. 

Sonreí y respondí: 

– Idem. Hay muchas cosas de Camilo que tú no sabes. hemos sido amigos desde niños, los mejores, podría decirse. Crecimos juntos y compartimos muchos secretos. Algunos que, tal vez, no te imaginas.

– ¿Crees que no sé que fueron novios? A ver, es difícil pensar que un chico como tu fuese novio de Camilo. Para algunos no estás mal, pero Camilo, ya sabes, es más de mi estilo. De esos chicos que deben usar ropa apretada para que el vacío no se escape. ¿Es así como te referiste a mi cuando Camilo? nos presentó?

Me quedé callado. Parecía que Camilo le contaba todo. 

– ¿Qué pasó con Camilo?, pregunté otra vez casi gritando.

Claramente, Santiago quería ser discreto en aquel sitio. Su expresión cambió. Ahora, aquella altivez de su cara empezaba a ser reemplazada por un gesto entre la tristeza y la culpa.

– Si tal vez tú hubieses contestado sus mensajes en Facebook, esto no habría pasado. O si yo nunca le hubiese ofrecido esa primera raya de coca. No lo sé. No te creas mejor. Siempre te has creído mejor que nosotros. 

Después de eso no necesitaba muchas más explicaciones. Sabía de qué había muerto Camilo e igual que Santiago, me sentía culpable. 

– ¿Murió de sobredosis entonces?

-Murió de tristeza, de soledad y de indiferencia. Pero respondiendo a tu pregunta: sí, murió de sobredosis. Evidentemente eso no es lo que debemos decirle a los demás y, sobretodo, a sus padres. 

Sus padres. Desde la llamada de Santiago, hasta el sitio del encuentro, no tuve tiempo de pensar en sus padres. Como decírselo a su padre, quien me quería como a un hijo más. El tiempo durante el que fuimos novios fue, por decirlo así, nuestro padrino. Y aunque yo no lo me creía él me repetía: sois la pareja gay más guapa que conozco, eres lo mejor que le ha pasado a  Camilo. Creo que él conocía mi miedo. Él entendía que al lado de Camilo yo me sentía pequeño y eso me impedía ser feliz.

– ¿Hablaste ya con ellos?

– Sí, están de camino. Quieren verte. Te llevaré al aeropuerto para que hables con ellos. Tendremos que mentirles a ellos y a todos. He gestionado todo para que la versión del ataque al corazón sea más o menos fiable.

– ¿Me estas castigando?

– No, me estoy aliviando. Esto me está matando. Camilo y yo nos separamos hace un tiempo. y aunque no nos habíamos divorciado, la relación ya se había acabado. Yo me alejé para asimilarlo, necesitaba espacio. También me escribió y no le contesté. Quería hablar me decía. 

Esto ahora era demasiado para mí. Me sentía culpable, confuso, quería salir corriendo. No quería ver a sus padres, ni siquiera había asumido que Camilo estaba muerto. Estallaría en cualquier momento.

– ¿Cuándo fue la última vez que le viste?, preguntó Santiago.

– Hace tres semanas, en el Kluster. Llevábamos mucho sin vernos. Lo vi en el baño. Estaba colocado. Me dio mucha rabia verle así. Me abrazó muy fuerte y me dijo que me quería mucho y que seguía enamorado de mí. 

Pensaba que Santiago se sorprendería, pero no. Me interrumpió:

– Sin duda. Yo creo que él siempre te quiso. Y estoy seguro que también me quiso. Nos quería a los dos. Para él, él y yo, éramos una trieja incompleta porque faltabas tú. Continua.

– Me molestó que me dijese que estaba enamorado de mi estando colocado. ¡Cobarde!, le dije y me despedí. Me tomó de la mano muy fuerte y me pidió que me quedará. Justo en ese momento vinieron sus “amigos” y se lo llevaron del baño.

Santiago se quitó las gafas de sol. Pude ver cuánto había llorado y que nuevas lagrimas venían. Me quité mis gafas también. Le tomé de la mano y seguí contándole lo que había pasado esa noche.

– Decidí tomarme un par de copas más y vigilarle. Cuando vi la oportunidad lo llevé a casa. Hablamos. Él drogado y yo, borracho. Le dije cuanto le quería, que nunca había dejado de estar enamorado de él y que yo era un mierda, que tan sólo lo rechazaba porque me sentía menos que él. Me sentía menos guapo, menos majo, menos cool, y yo, simplemente, no podía con esa sensación. Me abrazó y nos quedamos dormidos. 

– ¿Y qué paso después? 

– Al otro día me fui, esperaba que el me volviera a decir lo mismo, pero sin estar colocado. Pasaron los días y no supe nada de él. Pensaba que se había arrepentido. Nunca vi sus mensajes en Facebook, apenas lo uso – lloré.

Ocurrió un silencio cómplice entre los dos. Hasta las lágrimas se callaron. 

En ese oscuro momento, puede ver que aquella trieja que Camilo propuso era viable. Santiago y yo estábamos unidos por Camilo por amor y sobre todo, por la culpa. Ya no hacían falta explicaciones, así que interrumpí ese silencio:

– Santiago, ¿qué necesitas que haga? 

– Mentir.

– Lo haré. Sólo necesito una camiseta, no quiero que vean el tatuaje.

Mentir – Andrey Montero

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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