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Camila (Inverosímil)

Me aturdieron con sus preguntas.  ¿Qué quieres contar? ¿Que significa para ti escribir? No supe que responder con claridad. Odio el directo, prefiero escribir. Me da tiempo para corregir, pensar y sobre todo para sentir. Les dije, responderé por escrito, se me da mejor.

Terminé de explicar mi relato, recogí mi premio, me levanté y me fui.

Llegué a casa, tomé mi Mac, saqué la botella de Mojito de Mango prefabricado que tenía en la nevera, puse una reproducción automática de Blood Orange en Youtube y empecé a escribir.

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Es el contacto de las llamas de los dedos con cada tecla. Es el sonido arrítmico que se genera. La música de fondo. Las voces en mi cabeza hablando. Esos personajes tan vívidos, tangibles y palpables que mis temores me impiden describir al detalle. Son ellos gritando, son ellos golpeando desde el interior de los huesos de mis dedos y tocando cada letra. Son esas historias imaginarias dándole significado a mi realidad.

Es no dormir, hacerte a un lado, olvidarte de ti mismo, y dejar que aquellas voces tomen las riendas. Es dejarte llevar,.

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Sobre mi voz. ¿Que decir? Pensaba mientras terminaba el Mojito y espiaba por mi ventana la vida de mis vecinos. Tres chicos que viven en el edificio de enfrente, cada uno con un estilo diferente pero todo dentro del mismo espacio (como mis voces). Volví al Mac con una idea……

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Mis voces:

Blue.

Os diría que hay un chico, aquí, a mi lado. Hablándome al oído y follándome la mente. Os diría que escucho su respiración. Os diría que le tengo miedo. No a él, a lo que puede hacer conmigo. A que me borre y a que no deje nada del yo “de siempre” en mi.

Él domina y yo sigo. Intento dejarme llevar y aunque es mi más profundo deseo me resisto. Estoy para servirle, para complacerle, su voz me resulta irresistible. Debería sólo seguir su dictado, no pensar entre el espacio de tiempo que pronuncia la palabra y yo la escribo. Le decepciono cuando adapto lo que me ha hecho escribir, cuando me avergüenzo y retrocedo borrando.  

Es cuestión de tiempo, me dice.  Y eso me asusta porque sé que tiene razón. ¿Por qué no rendirme ahora? ¿Por qué no someterme a él? ¿por qué esperar si es justo lo que quiero? La única conclusión a la que llego es: evolución y esta necesita tiempo.

Red:

Os contaría de aquella chica, que me cuenta su vida, su infancia y aparece cada vez que estoy perdida. Cada vez que alguno de ellos me lleva a donde no estoy preparada para estar.

Cuando Blue me tira a la pileta creyendo que aprenderé a nadar usando mi instinto, ella está alerta. Él no sabe que parte de mi instinto esta castrado.  Él me tira y ella me recoge. Pero me recoge justo cuando estoy a punto de ahogarme, ella sabe cuál es el destino. Todos los sabemos.

Os contaría que ella poco habla. Que sus frases son cortas, su voz tranquila y su mirada un poco triste. Os contaría que ella nos controla a todos. ¿Por qué? No lo se. Supongo que aquella cicatriz en el labio es la respuesta. Nunca me ha dictado aquella historia pero estoy seguro que es tan interesante como oscura.

Red me dice:

“hay partes de la historia que se dejan para uno. No se cuenta todo. Si eres fiel la realidad  la historia es inverosímil.  Las cicatrices dicen que tienes algo que contar. Lo que quieras contar e inventar le pertenece a los demás, pero lo que ocultas es tu tesoro y tu misterio. Es la intriga que sueltas fraccionada en algunas frases sin conexión. Tu firma, tu autenticidad y tu estilo.”

De su tristeza salen frases preciosas. Me gusta mucho lo que dice. Cada vez que me veo en un espejo y veo la misma cicatriz siento la profunda conexión que tengo con ella. Me encantaría recordar como nos la hicimos pero perdí la conciencia en ese momento.

Pink

Hay un niño, un niño que sólo busca un abrazo, pero uno de verdad. Un niño que se derrumba ante la más diminuta señal de cariño genuino. Un niño que quiere jugar, quiere amar, quiere probar y quiere intentar. Un niño que necesita dejar de ser invisible. Un niño que no se siente parte de nada pero anhela un poco de trascendencia. Un niño bastante fuerte, así le han hecho los demás.  Un niño con el corazón intacto. Un niño que no ve etiquetas. Un niño que no distingue entre Red, Blue, Orange, Green y yo. Un niño que nos une.

Un niño al que le encanta probar su puntería con piedras.

Orange:

Os hablaré de Orange, el otro chico, al que realmente le tengo miedo. Se que es cruel y tal vez sádico. Disfruta del dolor del otro, aunque todavía no se  hasta que punto (no me he permitido descubrirlo). 

Disfruta cuando el personaje malo disfruta. Simpatiza con él. Los personajes buenos y tradicionales le parecen simples e insulsos. Alarga la felicidad de los personajes malos y los crea tan maquiavélicos que luego me veo obligada a borrarlos aunque realmente me gusten.

Él no quiere escribir, sólo quiere vivir al extremo. Es seductor, seguro, fuerte e inteligente, de una forma muy diferente a los otros. Sabe cómo atrapar una presa, como retenerla y cómo dirigirla hasta la obediencia absoluta.  No ve a los otros como iguales. Todos los demás le parecen débiles.

Los cuerpos, le producen placer y diversión y las mentes: admiración. Los cuerpos son un objeto, un avatar diseñado para ser visto, usado y para ocultar algo que a él no le importa. Si alguien captura su atención de verdad es porque algún comportamiento le resulta inteligente. Y es ahí cuando surge la oportunidad de verles como iguales o superiores. Es ahí cuando se vuelven personas, cuando les asigna un nombre. El resto son casi como la nada, trastos vacíos. Me cuesta recordar cuando el toma el control. 

Green

Hay un cuarto personaje sin genero y sin edad. No habla, no me dicta nada, sólo me obliga a escuchar y a mirar desde otro lado.  Se muy poco sé sobre él. Conocerle es difícil (ya os he dicho que no habla) pero diría que alimenta nuestra inspiración, atrapa los momentos relevantes de nuestra historia. Selecciona. Marca el foco. Con retazos de la realidad construye un argumento.  Me invita a explorar voces masculinas y femeninas, a saltar de un genero a otro y a caminar entre ellos. Me invita a jugar con las generaciones.

Cuando mi pequeña mente ma hace creer que la realidad es de una forma, este personaje aparece y me lleva a otras realidades. Me invita a pintarme el pelo, dejármelo crecer, a cortármelo, a ponerme un gayumbo,  a cambiar de estilo, a sentir y explorar sin limitarme por sexo, edad, orientación sexual o apariencia.

Fue a quien primero se le ocurrió algo para tapar la cicatriz. Señalando un bigote. No me pareció mala la idea, pero claro, mis padres no querían a su hija con bigote.

Yo (Camila)

Luego estoy yo en la vida “real”. Una vida que de no ser por mis personajes no sería capaz de soportar. Mis personajes y mis historias impactan la realidad y la hacen más divertida.


Decidí servirme otro Mojito. Pensaba en aquella cicatriz. En el momento en que me di cuenta como la ficción impacta la realidad y como la realidad limita a la ficción (sobre todo en las pequeñas mentes)

Podría decir que mis ficciones han cambiado las vidas de personas a mi alrededor. Para bien o para mal. Hay que ser listo (contar y escribir aquello que la gente quiere oir). Algo que les afirme sus inseguridades y los lleve a tomar las desiciones que causan los puntos de giro. O simplemente llevarlos a donde quieres y que caigan en una especie de trampa, tal y como lo hice con Ana.


Todos estos personajes aparecieron un día en mi cabeza. El día que en el que apareció la cicatriz y Ana inventó un historia absurda sobre mi (la buena ficción no es para todos).

Recuerdo que discutí con Ana en el descanso de clases y recuerdo a su pandilla insultando a Marcos. Llamándole maricón. Recuerdo su cara de placer al humillarlo. Y recuerdo a Marcos, cediendo ante sus demandas e insultos. Le decía: Marcos, pórtate bien o le contaré a tu padre lo maricón que eres.

Ese día no lo soporté y le planté cara (Creo que allí empezaron a aparecer personajes más valientes que yo).

Le dije: ¡Para! Eres un monstruo. Ay la rarita a la defensa del maricon, dijo (rarita me llamaban por mi forma de vestir). Le repetí que parara y me empujó. Sonó el timbre y fuimos al salón. Mientras subía las escalares escuché un susurro: a la salida nos vemos. Sabía que era ella.

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La verdad Ana, estaba bastante lejos de mi. Pero fué ella. (Eso dije y diré). Descansé la vista un poco y miré el reloj. Tenía media hora antes de mi cita Tinder.

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Salí a tomar el autobús como siempre. Estaba nerviosa pero no pasaba nada extraño. Como de costumbre, no había nadie en la parada.

De repente, escuché como algunas piedras chocaban contra el suelo. Corrí detrás de Ana,  y recuerdo despertar en el suelo con mucha gente a mi alrededor y Ana llorando y gritando: fue ella!

Ana se inventó una historia. Dijo que, camino a la parada, la sorprendí, la golpeé y la arrojé al suelo. Dijo que le asustaba mi cara, que parecía que disfrutaba con su dolor y que luego yo misma me di un golpe en la cara con la piedra que llevaba en la mano. Nadie le creyó. Sabían que era una abusona y de mi, no sabían nada, era invisible.

Marcos por su lado, le contó al rector como ese día yo, su novia, le había defendido. La expulsaron del colegio.

Marcos y yo lo celebramos.


Hice una pausa y leí el perfil de mi cita Tinder. Pensé en como vestirme y en que personaje debería liderar la cita. Mi relato necesita un personaje seductor: dudaba entre Orange y Blue, me decidí por Blue porque es más tranquilo.

Volví al Mac.


Después de la aparición de mis personajes, yo también estoy de alguna forma, cada vez menos. Digamos que a veces aparezco. Tal vez para respirar. Tal vez para mostrarles el mundo, para llevarlos, para inspirarlos. Dejarme llevar es mi papel. Esperar de rodillas sus ordenes. A ciegas, obedeciendo, confiando en que algún día seré capaz de entregarme por completo y escribir, interpretar y ejecutar sin miedo su gran obra.


Cerré el Mac y pensé en las palabras de Red: la realidad es inverosímil.  Sonreí y tomé el último trago de mojito a la salud de Ana y a su apego a la realidad.

 

Categorías:Relatos

Tagged as:

Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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