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Crema de Calabaza

Lo primero, ir al mercado. Comprar la calabaza, recordar la primera vez que fuiste al mercado con él y pedir la vez. Recuerdo cómo miraba la fruta, las especificaciones que le daba la verdulera y a mi diciéndole que no me fiaba de ese sistema.

Es un sábado de otoño con mucha luz, un día lindo, un día para recordar con las papillas gustativas, con el tacto de las manos y con la nariz. Un día para abrir un álbum sin fotos, pero con muchos recuerdos. Un álbum más intimo, que sólo abres cuando cocinas con alguien para compartir tus recuerdos mientras lavas las verduras, agregas la sal o pruebas la comida.

Llego al mercado, y no se a qué altura de la ronda de San Pau, selecciono “Si yo no te tengo a ti” de David Summers. En el puesto de las verduras, me acerco a la máquina para coger turno. Pero antes de hacerlo, mientras la canción dice: “yo no tengo con quien bailar descalzos por Madrid”, pienso: “ya no estoy en Madrid”, decido no coger el turno y pregunto:

– Qui és l’últim?

-Sóc jo. Responde, amablemente, una señora mayor.

– Merci.

Así establezco un vínculo con la señora, y como decía él, todo se simplifica.  No me importa quién va adelante de mi o quién va detrás, sólo me importa estar pendiente del momento en que la atiendan a ella. Recuerdo que yo le decía, debería haber un sistema que despache por turnos, esto de pedir la vez no lo veo, da pie a que la gente se cuele. Y ahora, me sorprendo a mi mismo pidiendo “la vez” e ignorando, igual que los abuelos, la máquina de los turnos.

Tres cuartos de esa calabaza, 1 puerro y 300 gramos de patata. Pago y lo empaco en mi mochila.

Mientras espero, me detengo a ver las peras y a mi cabeza viene una de las escenas que más me ha gustando del cine: Nicolas Cage, en “Un ángel enamorado” va al mercado y después de coger una cesta se detiene enfrente del puesto de frutas, y, con la mirada llena de ausencia, palpa, por primera vez, una pera y lo hace de la misma forma que Meg Ryan lo hacía.

Hace falta querer mucho a alguien para admirarlo con detalle, aún cuando hace cosas que no son importantes para ti. Antes de él, la crema de calabaza venía en caja y llegaba lista para consumir a mi mesa. No me preocupaba ni por ir al mercado, ni  de “la vez”, ni del estado de la calabaza, entre otras cosas. Cuando empezó mi vida sin él, yo ya sabía hacer una crema de calabaza tan buena cómo la suya.  Aprendí esa receta sin que me la diera en un papel o me la cantara. Aprendí aquella receta admirándole, amándole, escuchándola sin palabras y degustándola una y otra vez.

Lo siento por añadir nostalgia a este veraniego día de otoño, pero para mi es parte de la receta. Una pizca de nostalgia. ¿A qué sabe la nostalgia? Os estaréis preguntando. Pues depende del estado del recuerdo que la provoca. Y ese recuerdo, en mi caso, esta maduro, bastante dulce, lo suficiente para provocar una sonrisa, una buena sensación, dar sabor a la crema y no empalagarte.

Ahora llego a casa, y, aunque no esta él, siento que me acompaña esta mañana.  Saco las cosas de la mochila y las reparto. Cada una en su lugar. Sin pensarlo, busco “Alfonsina y el mar” cantada por Fito Páez, en Spotify.

Pongo el agua a hervir y empiezo a pelar la calabaza. La forma delicada y precisa con la que quito la piel ahora contrasta con la forma en que, antes de él, mutilaba y reducía un kilo de calabaza con piel a medio quilo con pequeños trozos mal pelados.

Pelo la patata, la divido en dos mitades y la pongo a hervir junto con la calabaza cortada en trozos. Al puerro le quito las hojas, lo que no sirve, como a los recuerdos. Lo corto en rodajas y a la olla. Un poco de comino, un poco de sal y ahora a esperar.

Aunque la crema no esta hecha, ya huele a crema, y recuerdo aquel pequeño piso en Lavapies, donde toda nuestra casa y la de los vecinos se llenaba con el olor de lo que se cocía en nuestra cocina. Recuerdo que ponía la lavadora mientras cocinaba y en sus pausas se tomaba una copa de vino. Creo que cocinaba por morriña, porque extrañaba la humedad de su tierra, el verde, el ritmo y a su gente. Cocinar, para él, era abrir un álbum y sentir que todo aquello que extrañaba estaba más cerca.

Recuerdo un día que llegamos de fiesta, con hambre, y no encontramos un sitio abierto para comer algo. Le dije que extrañaba tener puestos de comida abiertos de madrugada, que aquello era muy normal en mi país. Me tumbé y me quedé dormido. Al momento, me despertó mi estomago estimulado por un olor muy familiar y el ruido de una voz con acento colombiano hablando por Youtube y explicando cómo hacer arepas.  Me sentí en casa. Desde ese momento, se despertó mi interés por cocinar, no sólo por disuadir mi nostalgia y convertirla en un condimento, también por compartir mis recuerdos y mi vida con otros, como con un álbum.

Él solía contarme su vida mientras cocinaba y a mi me encantaba escucharle. Me sentaba en un banco pequeño y me servía otra copa de vino. Me gustaba como le brillaban los ojos al hablar de su tierra. Nuestra cocina casi se tornaba toda de verde, las Rías Baixas se apoderaban de nuestro baño y el banco era un bote en el que ambos recorríamos Betanzos.

La verdura ya está. Ahora, a licuarla y, mientras tanto, ir probando a ver qué tal esta de sabor. Si esta sosa, pues agregar sal, pimienta o comino. Ir probando y revolviendo, hasta que quede a tu gusto. Un lágrima no esta de más, no es malo llorar, da sabor y tal vez es la única respuesta a la pregunta: ¿Por qué no logramos encontrar ese punto de sabor? Ya veníamos demasiado salados o quizá necesitábamos un poco de comino. Pimienta estoy seguro que no nos faltó, pero tal vez fue eso, demasiada pimienta. No lo se. Si se llora con los álbumes, que sólo estimulan los ojos, por qué no llorar cocinando, que estimula todos los sentidos.

Ya he encontrado el punto de sabor que quiero para la crema y ahora, junto con los recuerdos, la dejo enfriar.

Unos minutitos y a comer. Y mientras degusto las ultimas cucharadas de crema con sus respectivas pizcas de nostalgia, escribo un Whatsapp: Guapo! ¿Aquesta nit sopar a casa meva? He fet crema de carbassa.

¡Buen sábado!

 

 

 

 

Categorías:Relatos

Tagged as:

Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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