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Pedacito de mi vida

“Los viejos sueñan con el pasado y más te vale tener un pasado interesante” Solía decir mi abuela mientras me peinaba.

Ahora, años después, empiezo a entender lo que quería decirme mientras intentaba darle forma a mi pelo. Al hacerte mayor, añoras el pasado, aquel camino conocido que ya recorriste, los vicios que tuviste, los rincones donde lloraste, las pieles que tocaste con un cuerpo fuerte y una mente llena de valentía pero vacía de experiencia.

Algunos viejos, decía mi abuela: “al depertar aprietan la mano, intentando atrapar la juventud del sueño pero poco tardan en darse cuenta que lo único que les queda es descansar sobre una resignacion cronica que les desgasta el alma. Duele haber vivido sin más”.

Anoche mientras caminaba tropecé con Pedro, el padre de Lluis, quien murió años atrás. En el sueño, parecía aún más vivo de como lo recuerdo, más tangible, casi como si hubise vuelto de pasar 10 años en la muerte. Y la muerte fuese un resort en el Sudeste asiático con masajes, chocolaterpia y máscarillas rejuvenecedoras. Recuerdo cuando Pedro nos contaba sus vivencias al ritmo del tango que sonaba en su radiola, nada nos distraía y le admirábamos. Queríamos ser parte de sus milongas, sus paseos al río, sus grandes y pequeños amores, su taller de pan, sus viajes por el Amazonas, sus aventuras en los llanos, su Renault 4 y ese codazo que nos daba cuando hacíamos de copiloto y nos llevaba al río.

El hombro de Pedro chocó con el mio. Pedro no se percató, no me vió y siguio su camino. A mi en cambio el dolor me desagarro el alma, me dejó vacio, ni triste, ni feliz, vacio. Aquella sensación me acompañó aún unos minutos depués de despertar y el recuerdo de mi abuela vino a mi mente.

“Sigues soñando, sigues viviendo y empiezan a aparecer mas muertos en tus sueños. Así van pasando los años, y en tus sueños: el número de muertos va superando a los vivos, los vivos empiezan a ser fantasmas, livianos, etereos y casi sin forma. Pero los muertos, en cambio, te abrazan, sus lagrimas de alegria mojan tu almohada y casí, pero casí, pareciese ser que los puedes traer contigo al despertar.”

Mi abuela, tal vez, para su fortuna, vive entre ambos mundos, soñando pero con los ojos abiertos. Su mente vive en una época en la que los muertos no llegaban si quiera a ser figurantes en sus sueños. Un tiempo sin arrugas, con las cataratas secas, la diástole pletórica, la fuerza recorriendo sus venas, y sus poros expulsando su esencia sin el menor esfuerzo. Y ¿su cuerpo? ¿Sus manos? Ellas aun está aquí, abrazándome y contándome su secreto.

“Ella está perdida en su mente” Dicen muchos pero yo no lo creo. Ella aún me reconoce. Aún puedo poner mi cabeza sobre su regazo, dejar sentir los tirones que me hace con aquel cepillo de madera y bolitas de plástico blancas en los pinchos, escuchar sus ahora incoherentes palabras y dormir para encontrarle.

Aparece en mis sueños y espanta a los muertos, me saca a bailar, y al ritmo de “Pedacito de mi vida” interpreatado por Celina y Reutilo me dice en el oido: “ama, vive, sufre y escribe. Haz que tus recuerdos sean las páginas por el que deambulemos tu, yo y muchos más.”

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Categorías:Relatos

Tagged as:

Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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