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Barcelona

Pasó el tiempo, y miles de nuestras células muertas fueron llevadas por el viento. Habíamos cambiado, sin duda y sin quererlo. Años atrás, nos abandonamos en una ciudad que en ese entonces nos olía a muerte y no era más que el escenario de un crimen: el asesinato con alevosía de la primera persona del plural: Nosotros.

Las dos horas y media a las que estaba Madrid ya no parecían poco. Nuestro cine en la plaza Jacinto Benavente, nuestro balcón en Tirso De Molina, nuestro amigos, la plaza de la paja, la Gran vía cogidos de la mano, y lo días lluviosos frustrando nuestro planes, quedaban muy lejos de aquel puerto en el que ahora vivimos el uno sin el otro.

No hubo tiempo para limpiarnos las manos, debíamos separarnos y no volver a vernos. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez es lo que se hace. Lo ves en las películas. Los asesinos se separan y se dejan de hablar por un tiempo. Pero la sangre seguía en nuestras manos, fuésemos a donde fuésemos y con quien fuésemos.

Madrid, Madrid, Madrid; retumbaba en mi cabeza cada mañana durante esas primera semanas sin él. – No debí haberme ido. Pensaba, Sentado en el paseo San Joan. La humedad de esta ciudad no me dejaba recrear con exactitud la sensación de estar, junto a él, en el templo de Deboth esperando el atardecer, pero casi que, ahí sentado, taciturno, sentía que por unos minutos aun estaba ahí.

Pasó el tiempo, y el paseo de San Joan se hacía cada vez más vívido. Madrid y su calor asfixiante de verano, se me hacía un poco más insoportable que los días en la playa sin él. Su recuerdo dejó de acompañarme al parque y la soledad fue llenando su espacio.

A mucha gente le asusta la soledad, y lo entiendo. La soledad no es más que un dialogo interno que a veces, y esto es lo que más asusta, te hace las preguntas más incómodas. A mí me gusta su compañía, me acompañó a conocer esta ciudad, a la que nunca debí venir, me invitó a bailar sin ritmo, a tomar su mano y a moverme en un pista de baile entre el mar y la montaña. Me enseñó que la percepción que tienes de una ciudad no es más que el resultado de tu estado de ánimo en ese momento de tu vida y que si alguien toma tu mano, incluso ella, la soledad, los edificios cobran más vida.

A veces, en el Cine, durante los cortos, ella me preguntaba: ¿Qué pasó? ¿Porque dejaron morir a Nosotros? Y, yo no tenía la respuesta porque para ello necesitaba a un testigo. Un testigo, al que todavía, no estaba preparado para invitar al juicio. Yo evadía la pregunta diciendo: empieza la peli.

Con el tiempo, la curiosidad por la pregunta se hacía cada vez más aguda. La ciudad a la que nunca debía haber venido se convirtió en la ciudad en la que quería estar. Aquí, lo perdí a él pero me encuentre a mí, y eso me convirtió en otra persona, muy diferente al chico que dejó Madrid años atrás y muy diferente al que se enamoró de él.

Hoy cuatro años después, le espero para tomar un café y hacerle aquella pregunta que me ha reventado la cabeza durante todo ese tiempo:

– If you could, What would you changed related to our history?

Llega, tarde como siempre, pide un capuchino y se sienta. Hablamos un poco y cuando llega el momento: se declara culpable. Yo hago lo mismo. La condena ya la habíamos pagado, pero yo aún necesitaba saber la respuesta a ese pregunta, la razón no lo sé con exactitud, pero creo, que en el fondo, es para no volver cometer el mismo crimen.

Me responde:

– I should’ve quit my job in Madrid and come with you, together, to Barcelona.

Su respuesta me dejo atónito, me sorprendió saber que ambos cambiaríamos el mismo momento pero, estupefacto me dejó, saber que lo cambiaríamos de forma diferente. Se lo dije:

– I should’ve stayed in Madrid.

Él estaba dispuesto a cambiar todo su presente por amor, y yo estaba dispuesto a cambiar mi futuro por amor. ¿Quién amaba más? ¿Cual era más valiente? ¿Qué pesa más: el futuro o el presente? No importa, al final había mucho amor conjugado en diferentes tiempos pero a pesar de ello, Nosotros murió. Y no murió por Barcelona, tampoco murió por Madrid, tampoco murió porhuque no nos amaramos el uno al otro, murió porque cada uno amo en la primera persona del singular, y nos olvidamos de amar en la primera del plural. Se nos olvido que no se trata de cuánto amas al otro si no de cuanto Nosotros siente que lo amas. No se trata de amar mucho, se trata de amar con mejor gramática.

Nos despedimos, y mis manos por fin estaban limpias. Mientras lo abrazo, de reojo veo a la soledad que me espera para dar un paseo y hacerme una pregunta que no quiero responder.

Me da unos minutos y caminando por La Ronda de San Antoni, dice:

-¿Y ahora qué?

– Castañas. Nunca he comprado Castañas, pero voy a hacerlo. Me apetece,  es época de Castañas.

Categorías:Relatos

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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