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Transitividad

—Guillem despierta! Daniel se ha ido, y ha dejado esta nota. —Decía Carlos algo alterado y con la nota en la mano. 

—¿Qué dice la nota? — Preguntó Guillem mientras se la quitaba a Carlos y, con prontitud, se disponía a leerla.

Chicos tenemos que hablar, pero antes necesito despejarme y pensar lo que os quiero decir. Me comunicaré con vosotros pero por favor dejadme pensar. Confiad en mi.Os amo.

***

Podría haber sido un sábado normal para esta trieja gay pero no. Un hecho importante tenía que afectar su “normalidad”.

Guillem, Daniel y Carlos en tres años de relación habían tenido muchos dramas: vivir juntos; dividir los gastos; definir cómo iban a dormir, una cama doble, una cama doble y una sencilla, tres camas sencillas; todos en el mismo cuarto, dos en una habitación y el otro en otra o cada uno en su propia habitación; las rutinas de sexo, follar siempre los tres, o era valido follar dos si el otro no está o no quiere;  hacer la compra; las vacaciones; cómo hablar con las familias; el espacio en el armario; las tareas de la casa y todos aquellos conflictos en los que la premisa era evitar que alguno de los tres se sintiera desatendido. Dramas no muy diferentes a los de una pareja tradicional pero con algunos pequeños matices complejos, novedosos y, por qué no decirlo, divertidos. A pensar de todo eso, este nuevo drama, explicado en una nota, era algo para lo que muy seguramente ni Carlos ni Guillem estarían preparados.

Tal vez he ido muy rápido, y tal vez se necesita tiempo para digerir esta historia. No lo digo por la trieja, que para algunos ya es bastante, me refiero más a esta historia de amor. ¿Quién soy yo? Soy Marcela, amiga de Carlos. Posteriormente amiga de los otros dos. Y bueno,  si ya es difícil ser amiga de las dos personas que integran una pareja, os diré que ser amiga de los tres que integran una trieja es delirante. Lo bueno, de esta historia es que tengo todos los detalles de cómo surgió y eso justo lo que os voy a contar esta tarde.

Hoy Daniel ha llegado a mi casa. Ha venido en ave y yo le recogí en Atocha. Ya me ha contado que le pasa. No sé cómo van a gestionarlo esta vez y tampoco sé si podrán hacerlo, pero bueno, no me adelanto. Empecemos por el principio.

Conozco a Carlos desde hace varios años, fuimos juntos al instituto y desde allí somos amigos. Hace unos cuatro años le llamé para darle la noticia:

—Carlos tengo que contarte algo.

—¿Qué?

—Estoy Embarazada.

Ocurrió el silencio que esperaba. Sabía que Carlos no tenía ni idea de qué decir en esa situación. Y le di un tiempo para que lo asimilara. 

—¿Lo quieres tener?

—Si. — Contesté segura pero temerosa de su reacción.

Tal y como lo esperaba el silencio habló por Carlos. Yo negándome al silencio por respuesta me mantuve callada.

—Pues nada, me alegro mucho. —respondió con una incomodidad sonora que acentuaba cada sílaba de cada palabra mencionada. Ocurrió otro silencio y luego continuó:

— Pero — otro silencio. Alcancé a escuchar en Madrid, desde el otro lado del teléfono, como se mojaba los labios en Barcelona. — ¿te acuerdas que odiamos a los niños y a la gente con niños? — Continué en silencio,  porqué él tenía razón. Yo aún odiaba a los niños y a ese tipo de gente de la cual yo haría parte ene unos meses. 

— Vamos a playas nudistas porque odiamos la marca del bañador pero además nos incomodan los domingueros con sus crías. Odiamos ese momento cuando la pelota de plástico nos cae al lado y con una falsa sonrisa tienes que devolvérsela a su pequeño dueño sin hacerle daño. No sé si te acuerdas pero ni siquiera tenemos paciencia con aquellos niños que están aprendiendo a hablar, sus errores gramaticales y su torpeza lingüística nos resultan insoportables.

—Sí, me acuerdo de todo eso pero lo voy a tener, tengo miedo y no quiero que las cosas cambien entre tu y yo.

En ese momento yo no lo sabía pero aquella conversación fue el desencadenante que nos ha llevado a la situación actual.

Tras colgar, Carlos empezó a estudiar su situación y asumió que las cosas cambiarían entre él y yo. Habíamos sobrevivido a su partida a Barcelona, a los novios, a las dietas, al desempleo, a nosotros mismos, a dejaros la estufa encendida al salir de casa, a dejar la puerta de casa abierta durante la noche y a muchos dramas más pero mi embarazo se le hacía muy grande. Era algo que Carlos jamás hubiese esperado de mí y lo entiendo por que era algo que yo tampoco esperaba de mí. Nunca me vi a misma como madre, pero surgió y ocurrió sin más, o al menos eso es lo que digo. Al final cuando tuve que decidir qué hacer, seguí adelante.  Me pregunto si tanto este embarazo como la trieja surgieron sin mas y por pura casualidad o son el resultado de una decisión consciente 

Esa misma semana, después de mi llamada,  su amigo Guillem le contó que estaba conociendo a un chico. Guillem fue el primer chico con el que Carlos se lió al llegar a Barcelona. Lo conoció a través de un amigo en común, quedaron y aunque el sexo no fue malo quedó claro que sus roles no eran muy compatibles. Lo que sí surgió fue una amistad muy fuerte sin posibilidades de más, al menos eso decía Carlos. Ambos estaban solos, ambos eran raros, y su pasión por el cine y los superhéroes les unía. 


Durante los dos años que Carlos llevaba en Barcelona, Guillem había salido con muchos chicos pero nunca le había dicho a Carlos: estoy conociendo a un chico.


Mi embarazo más la amenaza del cambio de estado sentimental de Guillem llevó a Carlos a la conclusión de que se iba a quedar sólo, y se dijo: tengo 35 años, debo tener un novio. Abrió su excel y definió item por item cómo debía ser su novio. Incluía en aquel excel características físicas y personales definidas por rangos (edad, altura, peso, contextura, rol, gustos, pasatiempos, etc).  Sabía que no podía tener exactamente todo lo que quería, así que los rangos era su forma de ser flexible. Estudió e investigo que aplicaciones podrían ir mejor para encontrar una pareja. Preparó sus guiones para las citas, definió un presupuesto, tres lugares para las citas y un día a la semana para quedar. 

Empezó la búsqueda.

***

—Guillem de verdad no entiendo por qué Daniel es tan emocional e inestable. La verdad no se porque sigo, seguimos, con él. — Dijo Carlos bastante turbado aquel sábado después de que Guillem leyera la nota. 

—Eso ya lo hemos hablado, Daniel es muy opuesto a nosotros. Muy pero muy opuesto. Y es justamente eso lo que le da vidilla a lo que tenemos. Es además del sexo que tenemos con él. 

—Ya, es sólo que a veces pienso, que no debí escribirle por Grindr. Fui yo el que le escribí, me gustó su perfil. 

In “Lost in Translation,” what does Bob Harris whisper in Charlotte’s hear at the end. Seguido de: chico majo busca sexo, amigos o relación. Lo que surja sin agobios.— Dijo Guillem moviendo la cabeza de un lado al otro y dando a entender con el tono de voz que Carlos lo había repetido muchas veces. Cerró su performance diciendo: — Ya lo se Carlos. Me sé esa historia. La has contado muchas veces. Tú le respondiste: te lo susurraré al oído.

  • Me gusta esa historia, es romántica ¿no? — preguntó, tomó la nota de nuevo, la leyó otra vez y volvió la mirada a Guillem— Él es el principal causante de nuestros dramas.
  • Si, lo es. Respondió Guillem. 

***

Daniel y Carlos quedaron el mismo día que hablaron por Grindr. Daniel fue a casa Carlos  y follaron sin hablar mucho. Justo después del polvo Daniel le preguntó si tenía algo de comer. Esto sorprendió a Carlos y, contrario a cualquier predicción, le pareció fascinante. Un sándwich después ya habían empezado a hablar. Daniel le preguntaba insistentemente: 

—¿Me dirás que le dijo Scarlett Johansson a Billy Murray o no?

—La próxima vez que nos veamos te lo diré. Decía Carlos muy en serio. 

Mi barriga crecía cada vez más. Me preparaba para una nueva vida. Mi casa de soltera, la que pintamos Carlos y yo, se quedaba pequeña para el niño que venía en camino. Aquel sitio, donde los dos  fuimos muy felices y en el  que llegamos a pensar que no necesitaríamos de los hombres se estaba quedando atrás. Sé desaparecía junto a mi casa en Plaza de Castilla y a mi abdomen plano, ganado a base de dietas y percusiones de salsa bailadas a diario, en cualquier lugar de Madrid donde la música nos atrapara y los timbales marcaban el tiempo de nuestra risa.

Éramos como Jennifer Aniston y Paul Rudd en The Object of My Affection antes de que ella se quedara embarazada. Perdonad que ponga lo títulos en inglés. A mí me da un poco igual, pero he llegado a esta historia por Carlos y estoy segura de que no se molestará en absoluto si cuento su vida pero si se llega a enterar que puse los títulos de las películas traducidas al castellano, me mata.

Siguiendo con la historia, no sé si lo habéis notado, pero Carlos carece de empatía. No es un psicópata ni nada por el estilo, pero su empatía esta atrofiada. Al menos eso creo yo. 

La gran pregunta es: ¿Como pudo ser tan asertivo para atraer la atención de Daniel? La respuesta es: sus frases. Usa frases de cine, de libros o de personajes famosos para conectar con la gente. Y a veces le resulta y otras simplemente pasan de él.

Poco a poco, Daniel fue entrando a la vida de Carlos. Carlos dice que le invadió, pero todos sabemos que Carlos dejó esa puerta abierta y acomodó todo para que Daniel ocupara un lugar. Como cuando te comes las patatas fritas que están en la alacena, te las comes porque estaban ahí pero estaban ahí porque tu las compraste. 

Daniel y Carlos ya llevaban  unos meses saliendo y yo estaba a un mes de dar a luz. Estaba destapando la última caja de la mudanza en mi nueva casa cuando recibí una llamada de Carlos:

—Daniel quiere venir a vivir conmigo. Creo que me está enredando para que luego me case con él o que sé yo.

—A ver, pero ¿te ha dicho él que quiere casarse contigo?

—No, pero me ha dicho que se ha quedado en el paro y que se va a vivir a casa de sus padres en Premiar de Mar.  

— ¿Y?

— Pues eso, solemos quedar los viernes, con lo cual si viene a mi casa después de su curso de fotografía ya no podrá tomar el tren de regreso y tendrá que quedarse a dormir. — Hubo un silencio corto. Supongo que el esperaba algún comentario de mi parte pero mi silencio le obligó a continuar hablando.

— Pues es eso o no follar los viernes.

—No, no quiere vivir contigo. Va a vivir con sus padres. —Respondí.

—Es sólo el principio.

Yo ya sabía que la única intención de Carlos al contarme esta historia era mostrar que él se sentía obligado a darle espacio a Daniel y que no lo hacía con gusto, ya que según él: amaba su vida de soltero, pero eso, ya sabemos que no es del todo cierto.

—¿qué harás entonces?

— Nada, pues iré probando, que se quede y vamos viendo qué pasa. Pero me iré con cuidado.

Como ya lo sabía yo, llamó para hacer su monologo y para interpretar en voz alta el guión que rondaba su cabeza. 

***

— ¿Sabes algo? Yo al final creo que esto era algo que no podíamos detener. Desde la primera vez que quedamos me gustaste mucho. Y cuando vi a Daniel por primera vez no pude evitar sentirme atraído por él. Sólo disimulé porque sabía que era tu novio. — Dijo Guillem a Carlos. Ahora más calmados los dos, en el sofá y con la nota puesta sobre la mesa de estar. 

— No era mi novio, éramos follamigos. Y se quedaba en mi casa todo el finde porque vivía fuera de Barcelona.

—Lo cierto es que desde ahí ya empezó a meternos en problemas. El muy guarro me llevó a tu casa y se quitó la camiseta. — dijo Guillem con una sonrisa lujuriosa. 

—Tú también lo hiciste. — Replicó Carlos tocándose un poco la entrepierna.

****

Mi hijo nació. Carlos y Guillem vinieron a visitarme. Me alegró mucho verlos, pero el embarazo fue muy complicado. No sabía cómo reaccionar, no sabía cómo ser madre y sobre todo no sabía cómo ser ese tipo de madre que nos enseñan debemos ser.  Me dolía todo, pasé días en observación por la preclamsia, otros mas hospitalizada y otros en reposo en casa y con seguimiento.

En el corto momento en que los vi les conté mi parto y a petición mía, ambos se tomaron una foto con el niño. Creo que era la primera vez que Carlos cargaba un niño, por parte de Guillem podría decir que era la segunda, tal vez la tercera. En la foto Carlos sostiene con un miedo enternecedor a mi hijo, Guillem abraza a Carlos para que se relaje y ambos miran al bebé. Llamadme bruja pero en aquel momento yo supe lo que iba a pasar con ellos dos aunque me faltaba un pieza que no llegaba a imaginarme en ese momento: Daniel.  

Ahora mientras escribo este relato he sacado la foto. La mirada de Guillem hacia Carlos es tan obvia como la necesidad de Carlos de sentir su mano cerca. Ahora que lo pienso, tal vez Carlos y Guillem puedan sobrellevar lo que se les va a venir.

Carlos decidió quedarse unos días más para estar conmigo. Guillem regresó a Barcelona y llevó consigo las llaves del apartamento de Carlos para dárselas a Daniel, quien le cuidaría las plantas y se quedaría en su casa unos días.

Daniel y Guillem quedaron a tomar un café en el Raval. Daniel suele decir que las historias más interesantes son las que pasan mientras esperas a alguien. Y tal vez tenga razón. Esta trieja ya se estaba gestionando, mientras Daniel esperaba Guillem para recoger la llaves y al mismo tiempo que esperaba el regreso de Carlos, algo se movía, algo en el interior de cada uno. Insisto, nunca sabré si todos tenían la intención de conocerse o si simplemente fue el destino.


Guillem saludó y dijo: 

Por fin te conozco. Tenía muchas ganas.

— Y yo. —Respondió Daniel sonriente.

Y ganas tenían, ganas de follarse, de besarse, y de tocarse. No se habían visto pero ya se conocían. Se habían construido en la cabeza de cada uno la imagen del otro dibujada con la voz de Carlos y los perfiles de Instagram.

Guillem acompañó a Daniel a casa de Carlos. Daniel sabía llegar perfectamente pero Guillem, de alguna forma,  quería dejarse llevar por la adrenalina y las hormonas. Durante el trayecto se mentía a sí mismo y se decía: vamos a ver qué tan de fiar es este Daniel. Se veía a sí mismo como un buen amigo que pone a prueba al novio de su colega para saber si es un buen tío o no. En el fondo sabía perfectamente que quería llegar lo más lejos que pudiera, sin llegar a hacerle daño a Carlos o haciéndole el mínimo daño posible.

Daniel abrió la puerta, y le invitó a tomar una cerveza. Hablaron poco y se miraron mucho. Daniel por su parte, se quitó la camisa poniendo como excusa el calor y jugando a ser el inocente sin ninguna segunda intención. 

Daniel no era atlético como Guillem o Carlos, tenía unos kilitos de más, pero se sacaba mucho partido y resultaba muy atractivo. Las miradas de Guillem aumentaban su seguridad mientras mantenía una charla con poco sentido, no hablaban de un tema en particular. Ambos perdían las palabras por mirarse el uno al otro, por olerse y por desearse. 

Llegaron al punto de no retorno unos segundos después cuando Guillem también se quitó la camiseta. Daniel podía olerlo ahora con más intensidad y ese olor le puso más cachondo. Sentados en el sofá Guillem puso la mano en la cara Daniel, acercaron sus labios y las otras tres manos libres navegaban por diferentes partes de sus cuerpos. Estiraron aquel momento lo máximo que pudieron pero antes de que los labios entraran en contacto Guillem se detuvo. 

No os equivoquéis, Guillem no tomó la iniciativa de detener ese momento por el respeto a su amistad con Carlos. La tomó por amor a Carlos, porque estaba enamorado de él. Y como dice Carlos: nada puede bajar más el calentón de un chico que estar a punto de follar y darse cuenta justo en ese momento, que está enamorado de otro. 

Días después, cuando Carlos volvió y le preguntó Daniel que le había parecido Guillem. Daniel respondió que le parecía guapo. Aquel tono de voz despertó en Carlos la emoción que le faltaba a ese coctel de sentimientos. No sabía si sentía celos por Daniel o por Guillem y aunque existía otra posibilidad,  en ese momento, no estaba preparado para aceptar que realmente sentía celos de los dos.

El tiempo pasó y Guillem fue poco a poco entrando más en la dinámica de la pareja sin etiqueta, de Carlos y Daniel. Entró como un amigo y se mantuvo así por algún tiempo aunque la tensión sexual entre Daniel y Guillem era una bomba de tiempo.

Un par de meses después, Daniel tuvo que viajar a Valencia. Un muy buen amigo le pidió que le sirviera de modelo para un concurso de fotografía y a cambio lo invitaba a Valencia a pasar unos días. Así que, aprovechó aquel fin de semana para reclamar su premio y disfrutar unos días en compañía de su amigo y darse un poco de espacio con Carlos. Carlos, por su parte, programó un finde semana para salir  de fiesta con Guillem y  aprovechar su apartamento a solas ya que,  para ese entonces, Daniel prácticamente vivía en su casa.

Ese sábado, Carlos y Daniel fueron a cenar. Un par de botellas de vino y luego algunas copas en El Cangrejo, aquel peculiar bar en el Example que a ambos les resultaba tan interesante como sórdido. Un par de copas después, unos cuantos roces de caderas bailando regueton y unas cuantas palmadas reciprocas en el culo, Guillem fué al baño y Carlos lo siguió.  Mientras Guillem meaba, Carlos se lavaba las manos y con un movimiento instintivo, se puso detrás de Guillem y lo besó. ¿Cómo pasó? No me pidan que lo explique, para ellos mismos es difícil de decirlo. Salieron cogidos de la mano de aquel sitio, bajaron Comte Urgell, atravesaron la Gran Vía y por la ronda de Sant Pau llegaron a casa de Carlos. Sin dudar en ningún momento de lo que estaban haciendo, dejando salir el deseo reprimido y escondido para desfilar con él en una noche de sábado sin Daniel. Follaron.

De nuevo el sexo podría ser mejorable pero esta vez no estamos hablando solo de sexo. Estamos hablando de que hicieron el amor, se lo hicieron mutuamente. Se besaron, se tocaron, se cuidaron el uno al otro, se soñaron juntos mientras se penetraban y cerrando los ojos replicaban en su imaginación la misma realidad. Era como cuando estas a dieta y un día sucumbes a aquello que no has comido pero has deseado por meses. Pues así fué, habían hecho algo muy bonito pero ambos se sentían mal. Carlos no sabía cómo gestionarlo. No quería perder a Daniel y tampoco quería perder a Guillem. Se decía a sí mismo que no quería perder su amistad pero la realidad era que lo que no quería perder era la oportunidad de tenerlo y quererlo como algo más.

Poco hablaron Carlos y Guillem después. Sus emociones estallaban por dentro pero eran incapaces de dejarlas salir. Fingieron que no pasaba nada aun así no se hablaron por días. Tan sólo unos cuantos whatsapps para reafirmar el hecho de que todo iba bien. 

De esos whatsapps insonoros que envías y que no tienen nada que ver con el significado del mensaje, pero sí con mucho de lo que no está escrito allí.  Hablaban de las últimas batallas de Transformers en las que estaban totalmente perdidos y no sabían quién era quién. Pero en realidad estaban hablando de lo perdidos que estaban cada uno con sus sentimientos. Esos whastapp mostraban el lado más rancio de ambos, esa cosa machista que les impide a los hombres,  incluido a los gays,  expresarse.

El fin de semana siguiente, Carlos vino a Madrid a visitarme,  yo diría que huyó de Barcelona, concretamente de Guillem y Daniel. Se sorprendió al ver mi nueva vida, me había convertido en una madre trabajadora soltera y de clase media: mi ropa tenía manchas, apenas me peinaba y no podía sentarme a tener una charla de adultos sin que el bebé me interrumpiera. Sabía que Daniel me necesitaba pero yo también le necesitaba, quería saber que me quería aún en mi nueva vida. Tal vez él era lo último que me quedaba y que aún me queda de esa otra persona que algún día fui. Tenía miedo de perderle y de perderme en esta nueva etiqueta que se llama mamá. A trozos me contó la historia, cómo se sentía y que claramente no sabía qué hacer. Yo no sé si era el hecho de tener las hormonas revueltas, o de estar estresada, intentando fingir con poco éxito que todo seguía igual,  pero le dije: 

—Carlos, esta vez poco te puedo ayudar, intenta descubrir que sientes. Eres un chico inteligente, decide lo que quieras y solucionalo. Lo siento pero poco más te puedo decir.— Sabía que era un mal consejo porque no se trataba de inteligencia, se trataba de emoción y justo eso es lo que Carlos no gestiona muy bien. Yo, en ese momento no tenía ni el tiempo ni la disposición para hacer una analogía intelectual o manifiesto de la situación que él pudiera interiorizar. 

¿Sabéis lo difícil que es tener un amigo que cuando te ve llorar, te da tres palmaditas en la espalda y que si le pides que te abrace, lo hace pero cuenta el tiempo que dura el abrazo al mismo tiempo que aguanta la respiración? Ahora me preguntaréis por qué tengo un amigo así. Y pues yo os diré que lo tengo porque te abraza aunque no le gusta, porque para él esas dos palmaditas en la espalda representan un gran esfuerzo y si le pides más lo hace. Porque es alguien que está dispuesto a dar más si lo necesitas y eso es lo que le hace especial. 


Nos despedimos en Atocha en la segunda planta mientras yo miraba el jardín de la estación. Ahí le hice la pregunta que me rondaba la cabeza desde que mi hijo nació:

— ¿Me sigues queriendo? 

Se quedó en silencio y miró el reloj. Creo que intentaba saber cuánto tiempo le quedaba para el tren. Estuvo en silencio 2 minutos,  los conté. Yo contaba el tiempo de sus silencios al igual que él contaba el tiempo de sus abrazos. Casi me enloquezco en esos dos minutos. 

—Transitividad.

—¿Qué? 

—La ley de la transitividad ¿te acuerdas?

—Sí que me acuerdo. ¿La gramatical o la matemática? —Pregunté, conteniendo mis hormonas y las ganas de gritarle, de mandarlo a la mierda y de decirle que era un gilipollas.

—La Matemática. 

—¿Y? Era el último fonema que me quedaba antes de estallar.

— Pues eso, siempre que un elemento se relaciona con otro y este último con un tercero, entonces el primero se relaciona con el tercero. 

—¿Me lo explicas con un poco más de claridad? — Le pregunte, mientras me rascaba la cabeza con algo de desesperación. Volvió a mirar el reloj y dijo:

—Pues mira, que yo quiero a la Marcela antigua con la que podía hablar de las últimas pelis en el cine, con la que íbamos de Brunch por Malasaña y a los eventos más hipster de Madrid. Esa misma Marcela ahora se ha convertido en la Marcela mamá. — Hizo una pausa, mirándome, sonriendo un poco y levantando la ceja, tal vez creyendo que yo ya lo había entendido. — Por la ley de la transitividad Marcela mamá siempre tendrá en común conmigo todas esas cosas bonitas que vivimos con la antigua Marcela y que nada ni nadie podrá borrar o cambiar. Así que, por ese mismo hecho, estoy seguro de que te seguiré queriendo. — Hizo una pausa — Para mí no te has ido, sigue allí esa mujer con un par de huevos capaz de hacerlo todo, incluso madre, una buena madre. — Me emocioné por dentro, él sabía que mi mayor miedo ahora era ser una buena madre. Era asombroso lo bien que me conocía. Recuperé mi paz y también entendí que Marcela, la hippie chic seguía por ahí andando, al menos por ahora en la cabeza de Carlos. Interrumpió mis pensamientos diciendo:

—   Creo que debería acompañar esto de un abrazo aunque me cuesta ignorar la mancha de compota que tienes en el jersey.

Esta vez me quedé yo en silencio. Miré el reloj para asegurarme de que no perdiera el ave, aunque quería que lo perdiera. Quería que se quedará allí conmigo, quería abrazarle y retenerlo. Había aclarado todas mis dudas. Abrió los brazos, y yo me abalancé hacía a él. Nos abrazamos y le susurré algo en el oído, como Billy Murray a Scarlett Johansson en Lost in traslation. Yo si os diré que le dije pero más adelante.

Carlos llegó a Barcelona. Encontró a Daniel en una crisis emocional relacionada con unos gatos que iban a matar si no conseguían hogar y a Guillem pretendiendo que no había pasado nada. Es decir, todo dentro de la normalidad.

El sábado siguiente, invitó a comer a Guillem y mas tarde se les uniría Daniel para ir a los Chocochurros. De nuevo un poco de vino hizo que el ambiente estuviera mejor. En un momento, entre copas de vino y entrantes,  durante la comida,  Carlos le dijo a Guillem: 

— Las cosas no son ni blancas ni negras. Nos han adiestrado para que nos comportemos de una forma y a veces está bien pero otras es imposible encajar. Tú sabes de lo que hablo. Tú, igual que yo, difícilmente encajas.  Pero aun así, seguimos siendo nosotros mismos. ¿Sabes por qué? — preguntó mientras pelaba un gamba — Porque somos más felices siendo nosotros mismos que siguiendo la línea. 

— ¿Qué quieres decirme? Preguntó Guillem. 

—No quiero decirte nada sólo quiero que dejemos que las cosas fluyan. No hablemos más sobre esto sólo dejémonos llevar y veamos qué pasa, ¿Ok?

—Guillem respondió que sí aunque no terminaba de entender a qué se refería. Se bebieron el vino,  fueron a los Chochurros y en la entrada se encontraron con Daniel.

El ambiente era muy divertido, como siempre en esa fiesta, ahora puedo recordar las veces que hemos bailado ahí hasta el cansancio. ¡Cómo lo extraño! 

Compraron tres birras y se pusieron al lado izquierdo del escenario. 

— Muchos chicos guapos. —Dijo Carlos

— El alcohol. —Replicó Guillem 

— El destino. — Añadió Daniel. 

No importa la razón, pero esa tarde-noche se cerró lo que ya mucho antes había empezado. No pararon de bailar, de reír, de hacer el tonto y de ser ellos mismos.

De repente, sonó “I follow the rivers” de Lykke Li. Lo cual trajo a sus mentes El Diario de Adele. No podría decir ahora quién pensaba qué, porque en ese justo momento empezaron a difuminarse el uno en el otro o con los otros dos. Se perdieron las líneas aún las marcadas por sus prejuicios, no fueron mas uno o dos y empezaron a ser tres, una trinidad carnal.

La vida de Adele le recordó a la trieja la exploración sexual y emocional de una adolescente, como aquella que ellos vivían en ese momento. Exploraban un territorio desconocido, la lucha de su naturaleza en contra de sus razones. Sucumbir.  Rendirse. Dejarse llevar.

Guillem sostenía una cerveza en la mano, bailaba al ritmo, pero sin movimientos bruscos. Su actitud era desafiante, desafiaba a Carlos y a Daniel, al final, el sentía, que eran ellos que debían abrirse y lanzarse ya que él beso a ellos les era moralmente lícito.  Daniel saltaba y bailaba, y a veces se acercaba a Carlos o Guillem y les decía cosas al oído. Las caras y los cuerpos de las demás personas perdieron identidad como los niños en Revolutionary Road. Carlos se acercó a Guillem, a su oído más exactamente, y le susurró algo, algo que la verdad no importa en esta historia. Lo que importaba es que con el aliento que brotaba de su boca y viajaba a través del aire le daba a Guillem las caricias que físicamente no les eran adecuadas.

Guillem, como Scarlett,  asentía con la cabeza dando a entender que comprendía lo que Carlos decía, pero no lo comprendía, la música estaba muy alta y el alcohol y las hormonas ya estaban haciendo de las suyas. Guillem en realidad sólo quería sentir esos labios cerca de su oído, estar a un giro de besarle, estar a un error de movimiento de rozar sus labios y sentir sus lenguas. Cómo en Lost in Translation lo importante no fue el beso que se dieron sin tocarse, sino más bien todo lo que deseaban que fuera en ese momento. 

De repente, Daniel se acercó con la intención de decirles algo, pero ambos se acercaron a su boca.¡Yo no estuve allí! Como me hubiese gustado. Me lo han contado muchas veces. La trieja dice que todo fue muy lento. Que se besaron todos al mismo tiempo. Que todas aquellas ganas contenidas manejaron la situación. Las bocas se acercaron sin pensar y sólo empujadas por la melodía. Sus ojos se cerraron sin duda alguna. El beso fue hermoso, apasionado y con la estabilidad que dan tres vertíces. Intenso. “I follow you, deep sea, baby”. Así se sentían, con la canción de fondo, con sus referencias a las películas, con las referencias a su vida y con los sentimientos de los últimos días. Estaban en equilibrio.

Se separaron al mismo tiempo y luego se miraron. No dijeron mucho, sólo sonrieron. Se sintieron libres, honestos y se quitaron una carga. Bailaron con mas fuerza, más femeninos, más al ritmo y seduciéndose entre si.  Se volvían a besar y se abrazaban. Daniel lloró, Guillem un poco y Carlos no. Los tres estaban felices. Fueron a casa de Carlos y esta vez hicieron lo que antes no pudieron hacer. Y lo que hicieron, lo hicieron ahora sin culpas, sin preguntas y sin echar nada en falta.

Cuando hablan de cómo surgió el beso y le preguntan a Daniel por qué se acercó a ellos, él dice que quería preguntarle a Carlos si le estaba diciendo a Guillem lo que Billy Murray le dijo a Scarlett Johansson. Ellos le responden que sí. Por eso digo que la trieja empezó desde mucho tiempo atrás. La gran pregunta de Lost in Traslation despertó el interés de Carlos por Daniel en Grindr y la respuesta el interés de Daniel por Carlos, y meses más tarde los unió a los tres.

Ya casi acabo de contaros la historia. Estoy aquí en lo que queda de mi despacho. El niño está dormido y tengo de fondo a Bonny Taylor – Holding out for hero. No tengo la increíble cocina en la que Catte Blanchett canta esta canción en Bandits pero tengo mi Mac plateado que parece rosa y mis dedos para escribir. Este es mi refugio, la escritura. Aquí la antigua Marcela, reinventándose, toma el control y me hace sentir segura.

En Bandits Daniel sería Catte, Carlos: Billy Bob Thornton más guapo y Guillem: Bruce Willis. Y yo, pues no sé, creo que en esa película no hay espacio para mí. Tendré que escribir otra historía. Ya lo pensaré. 

Tengo mucho más que contar y lo haré, lo prometo, pero de momento tengo que preparar al niño para una manifestación. Escribiré un libro sobre la trieja, palabra que no reconoce el diccionario del Mac, y sobre mi vida. 

El final de esta historia no necesita muchas palabras, necesita susurros que van más allá de lo que se dice o se escribe, necesita fluidez, emociones, sentimientos, creatividad y, sobe todo, no dejar que los prejuicios nos detengan.

***

—Perdonad que me haya ido. Necesitaba tiempo para pensar. Hay algo que os quiero decir. — Dijo Daniel a Carlos y Guillem cuando llegó a casa una semana después de haberlos dejado con una nota.

—Nos vas a dejar. —Dijo Carlos — Ya no te parecemos divertidos.

— No, os quiero mucho. Pero quiero hacer algo y necesito saber si cuento con vosotros.

— ¿Algo sexual? No sé que nos falta por probar.—Respondió Guillem.

— Hace unos años hice una solicitud de adopción pero para ese momento me dijeron que el tramite quedaba congelado. Hace unos días me llamaron para informar que empezamos con la gestión. 

***

Por último: —Transitividad: sí Guillen y Carlos se gustan y Daniel y Carlos se gustan entonces Guillem y Daniel se gustan. —Esto fue lo que susurré al oido de Carlos en Atocha después de nuestro abrazo.

Andrey Montero – Transitividad

Categorías:Relatos

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Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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