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Guardian

-A los perros no se le pone la cara, son animales.

Solía decir mi abuelo en aquellas tardes ocres de antaño. Lo decía con firmeza, pareciendo no entender que yo quería dormir abrazado a mi perro. Yo en aquel entonces no superaba los diez años de edad y por mi falta de vivencias no era capaz de entender la belleza de esa escueta frase. Aquella expresión, que rompía la armonía entre mi perro y yo, y que parecería ajena a cualquier sentimiento de afecto por parte de mi abuelo, no era más que una manifestación de amor.

Ultimamente los días me resultan confusos, por momentos siento que soy el espectador de una película. Una película que se trasmite en directo, en la que mis ojos son la cámara y de mi cabeza sale una voz en off que explica el pasado con el presente. Pareciera ser que yo no tomo ninguna decisión pero vivo y siento, en la piel interna de mi alma, cada consecuencia.

Hace unos días, mientras freía unas patatas cortadas en cubitos vi, desde la ventana, a mi chico jugar con el perro en la terraza y poco a poco empecé a perderme en el tiempo y a ocupar mi lugar de espectador. La ventana parecía una pantalla que reflejaba tanta belleza que no tenía otra opción mas que rendirme.

Luego, la cámara se dirigió hacia el poyo de la cocina y ví a mis manos escurrir el aceite, llevar las patatas a la olla donde estaban las albondigas con vino y zanahoria y bajar el fuego. La escena se desplazó empezó hacía la terraza donde ahora mi novio se encontraba tendiendo la ropa. Mis pies caminaron hacía el juguete favorito del perro, un lazo grueso con dos nudos a cada extremo. Mi pecho se dirigió hacía abajo y mis manos tomaron el juguete. Al llamar al perro, la voz en off mencionó a un perro de mi infancia: Guardián. Llevaba tanto tiempo sin pensar en él que me costó dibujarlo en mi memoria, pero cuando lo hice los sensaciones de mi piel empezaron poco a poco a delinear algunos de los hermosos momentos que tengo junto a Guardían.

El cielo seguía azul pero el tono ocre de las tardes de mi niñez, junto a mi abuelo y mi perro, empezaba a expandirse. Era un color ocre que se iba degradando, desde el cielo hasta llegar al verde de las montañas que rodean mi ciudad, la de ese entonces y la de ahora.

El perro vino a mi, mordió su juguete, mis manos tomaron ambos extremos y con algo de fuerza mi cuerpo empezó a dar vueltas con el perro. Parecía que los dos flotabamos en el tiempo y por algunos minutos en esa visión distorsionada que se tiene cuando giras me parecía ver a Guardían sentado en una esquina de mi terraza. En se momento, sentí que mis tardes de verano con mis abuelos estaban ahí, treinta años después y a miles de kilómetros de distancia. Sentí que sí atravesaba la cocina, el pasillo y el salón encontraría el almendro, que daba sombra a mi jardín cuando yo volvía del colegió y a mis abuelos cuando se oreaban en las tardes. Sentía que una imagen de ese entonces, tal vez deseo o tal vez recuerdo, se mezclaba con aquella tarde de domingo que también poco a poco se volvía recuerdo.

Me hubiese gustado haber detenido el tiempo en aquel momento y quedarme en aquella casa atemporal con mi almendro, mi perro, mis abuelos y mi novio tendiendo la ropa, pero el olor de las albondigas y el miedo a que se quemaran hizo que mi cuerpo, sin mi consentimiento, decidiera volver a la cocina. Puse la mesa, mi novio y yo nos sentamos a comer y al hablar, la elipse que unía aquel tiempo, pasado con el presente empezó a convertirse en una linea y volví a decidir.

Más tarde en el sofá, después de comer y viendo una película, mi novio se quedó dormido abrazando al perro de tal forma que sus caras estaban muy cerca una de la otra. Era hermoso verlos. Sentía como si ambos hubiesen estado presentes en todos mis atardeceres, como si ellos en diferentes pieles me hubiesen acompañado. Sentí que aquel sofá sobre, en el que estábamos tumbados había sido la cuna cuna de madera en la que dormí cuando niño y las camas en las que dormí por años. Sentí que Guardían era mi perro de ahora y que mi chico era un niño feliz que vivía en una casa con un almendro.

Aquella sensación constante de sentirme lejos de todo, incluso de mi mismo, se ausentó por un momento. Sentí que estaba cerca todo y que todo estaba ahí, en mi casa, en mi actual salón con balcón. Ví a mi abuela buscando una de sus novelas en la biblioteca, la ví tomarla y sentarse en su silla a leer enfrente de mi chico, mi perro y yo. La ví mirarme con complicidad y sonreír señalando el pelo rizo de mi chico. Tomé también un mechón de mi pelo y le sonreí. Ví desde la ventana del balcón a mi Madre llegar de trabajar. A mis amigos sobre la calle invitándome a jugar y a las raíces del almendro levantando el pavimento de la calle y obstaculizado el paso de los coches. Desee quedarme ahí por siempre pero de repente mi perro, el mismo que me llevó a aquel sitio, gruñó e hizo el gesto de morder. Mi chico se despertó, el almendro dejó de dar sombra y yo le dije a mi novio, sin mirarlo:

-A los perros no se le pone la cara, son animales.

Categorías:Relatos

Andrey Montero

Aprendiendo a escribir.

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